Wednesday, March 16, 2005

Los amargos frutos de la Discriminación Positiva

Ha llegado una nueva moda a la clase política española. Al parecer han descubierto las maravillas de la discriminación positiva. Zapatero no es el único en implantar este tipo de medidas. En la comunidad autónoma del País Vasco no quieren ser menos y ya hay una ley que obligará a los partidos a presentar listas paritarias.

Por lo menos el PP se resiste a estas medidas insensatas y contraproducentes, pero como siempre, por lo bajo, sin dar la cara y sin explicar abiertamente sus motivos. No es de extrañar que el público en general no termine de entender el problema y se deje seducir por la progresía de cartón-piedra de los de siempre.

El caso es que esto ha sido experimentado antes, entre otros sitios en EEUU, donde hace ya casi 10 años que están de vuelta de esta fiebre... y caminando en dirección contraria.

Para el que quiera leer:

Ensayo sobre discriminación positiva en el momento del cambio de opinión en EEUU

Artículo de un líder negro contra la discriminación positiva

Notas sobre el estado actual del debate en EEUU alrededor de la cuestión 1 y 2

La presencia de mujeres o minorías ha sido incentivada muchos años, en la educación, en las empresas, o en cualquier ámbito. Los resultados y las dinámicas creadas son contraproducentes como es de esperar con actuaciones estatistas e intervencionistas.

La dinámica generada con estos experimentos es terrible. Para empezar, no han contribuido a disminuir la percepción negativa hacia quienes se quiere promocionar, sino todo lo contrario. Una intervención estatal es un juego de suma 0, se perjudica a un grupo para beneficiar a otro usando la fuerza coactiva del estado.

Quienes se sienten afectados negativamente en su vida por estas discriminaciones “positivas” tienden a desarrollar rencor hacia el grupo que supuestamente se benefició a su costa, aunque en su caso concreto estas discriminaciones no fueran la causa de que los afectados fracasaran en conseguir sus objetivos. Es mucho mayor el número de personas que se consideran dañadas, que la cantidad real de afectados.

Por otra parte, si se va a un sitio donde hay una persona que se sospecha que ocupa ese puesto por la discriminación “positiva”, la reación lógica es no confiar el asunto que te ha llevado hasta allí a esa persona si es que puedes elegir. Antes, la reacción lógica sería la contraria, pues cabría suponer que ha tenido que demostrar que era más capaz que el resto para vencer la discriminación que hubiera.

En cambio, ahora, cabe suponer que quien no ha sido objeto de discriminación “positiva” es más capaz.

En el fondo el pueblo es consciente de ello. Imaginemos que se hace una encuesta con la siguiente pregunta: Considera a las ministras de cuota del PSOE más, menos o igual de capaces que sus compañeros ministros.

La respuesta tendería al medio, pero probablemente más personas opinarían que son menos capaces.
Lo malo es que no se sacan las conclusiones lógicas de estas opiniones más o menos conscientes.

El resultado de estas políticas es que se refuerzan los prejuicios existentes con otros más o menos reales, y peor todavía, con motivos lógicos en la misma dirección.

Pero el perjuicio para el grupo de población al que se ha pretendido ayudar no acaba aquí. Estas ayudas crean grupos de presión y poblaciones que dependen de las ayudas para mantener su posición, la cual deben a leyes sin sentido común que tratan de ampliar y reforzar.

Se ha creado una red de intereses contrarios al bien común alrededor de estas políticas equivocadas.
El grupo de población favorecido tiende además a esforzarse menos, pues sabe que sólo compite con los otros favorecidos, y no con el conjunto de la población.

Como tal discriminación no es sostenible a largo plazo, pues el grupo discriminado tenderá a reaccionar contra los privilegiados, y es muy probable que a la larga se produzca un movimiento de signo contrario más alla de lo que sería justo.

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